Más semillas de violencia

Rojas Marcos (1998) en su ensayo Las semillas de la violencia apoya la hipótesis de que los medios de comunicación dan pasto a la violencia con ráfagas continuas de estímulos que ensalzan la agresión, impulsan un falso romanticismo de conductas sociopáticas y celebran la agresión como método predilecto para solventar conflictos. Bastantes niños también aprenden a desinhibirse y comportarse agresivamente viendo e imitando a jóvenes y mayores que usan la violencia en su propio beneficio: “Como resultado, las diferencias entre fines y medios se borran, las fronteras entre el bien y el mal se difuminan, los controles externos o sociales así como los internos o personales se debilitan o se ignoran y las conductas psicopáticas se consideran respuestas normales o aceptables. Este es el medio idóneo para que el crimen florezca.” (Pág. 103). En el texto se afirma que en 1989, un estudio demostró que el 72% de los personajes de la pequeña pantalla que representaban a individuos que sufrían problemas mentales, eran escenificados como agresivos y hostiles. Varias películas de gran éxito como Análisis final, Instinto básico o El silencio de los corderos, relacionan los desequilibrios psicológicos con la agresión brutal y dramatizan crudamente la identidad estigmatizada del enfermo mental de hoy. Estos estereotipos negativos crean enormes problemas para los que los sufren y para sus familiares. Por el contrario, las investigaciones más recientes sobre la relación entre la enfermedad mental y la violencia demuestran que la gran mayoría de los hombres y mujeres que sufren trastornos mentales graves no son personas agresivas. Sin embargo, un subgrupo minoritario de estos pacientes sí son más violentos que la población general. Varios estudios publicados en Norteamérica entre 1990 y 1994 demuestran que el 34% de los enfermos drogodependientes y el 12% de los que sufren de esquizofrenia tienen un historial de conductas agresivas. En este ensayo analiza las causas, manifestaciones y los medios para evitar la violencia actual. Su explicación de la violencia gira en torno a la hipótesis de que la agresión no es instintiva sino que se adquiere, se aprende. “Las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se cultivan y desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos malignos en la adolescencia. Estas simientes se nutren y crecen estimuladas por los ingredientes crueles del medio hasta llegar a formar una parte inseparable del carácter del adulto.” (Pág. 187). Explica que los seres humanos heredamos rasgos genéticos que influyen en nuestro carácter. Pero nuestros complejos comportamientos, desde el sadismo al altruismo, son el producto de un largo proceso evolutivo condicionado por las fuerzas sociales y la cultura. Se hace eco de las teorías innatistas que explican la violencia como una cualidad humana omnipresente e inevitable. Casi todos los modelos explicativos de este punto de vista comparten una idea mecanicista o “hidráulica” de la violencia: se trata de una energía innata acumulada en un “depósito interno”, probablemente en el cerebro, que se libera automáticamente. Entre estas explicaciones que atribuyen como causas de la violencia los factores individuales están las teorías biológicas que describen como causas de la violencia los daños cerebrales, algunos trastornos mentales y alteraciones del aprendizaje, que interfieren con la capacidad de autocontrol. También describe las teorías más psicoanalíticas que explican como causa de la violencia un problema del superyo, impidiendo que el sujeto tenga la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Desde el punto de vista de la personalidad, los individuos con rasgos paranoides, antisociales y narcisistas forman el grupo de riesgo más importante. Pero en su opinión, la experiencia que más nos predispone a recurrir a la fuerza despiadada para aliviar nuestras frustraciones es haber sido objeto o testigo de actos de agresión repetidamente durante la niñez. Son casi incontables los estudios que han demostrado que las criaturas que crecen entre abusos, humillaciones y crueldades, tienden a volverse emocionalmente insensibles a estos horrores. Con el tiempo optan por el camino de la agresión para solventar conflictos y una vez alcanzada la madurez, reproducen el ciclo de violencia maltratando a sus propios hijos. Para Rojas Marcos “el crimen florece allí donde reina el desequilibrio entre aspiraciones y oportunidades o existen marcadas desigualdades económicas. Especialmente fecundas para el cultivo de la delincuencia son las subculturas abrumadas por la pobreza, el desempleo, la discriminación, el alcoholismo, el fácil acceso a las armas, un sistema escolar ineficaz y una política penal deshumanizada y revanchista que ignora las medidas más básicas de rehabilitación.” (Pág.96). Las drogas ilegales son otro fertilizante ideal para el desarrollo del crimen, aunque no debemos olvidar que la sustancia que se asocia con mayor frecuencia a la violencia humana es el alcohol. De todas las teorías que se barajan sobre las causas de la violencia, ninguna ha recibido tanta atención ni ha ocasionado debates tan apasionados como la que se centra en la influencia de la estructura familiar en la formación del delincuente. Desde principios de siglo se ha expresado con creciente fervor moral la alarma de que las nuevas familias, cuya composición no se amolda a los patrones convencionales o las “familias rotas” por la separación, el divorcio o la muerte de uno de los padres, constituyen el medio más fecundo para el desarrollo de la personalidad antisocial o psicopática. El problema es que los defensores de estas hipótesis no suelen tener en cuenta la proporción mucho mayor de estos hogares “diferentes” que no producen criminales. En este ensayo, Rojas Marcos describe de un modo sencillo las teorías que pueden explicar la violencia desde diferentes perspectivas. Sin embargo, otros autores se centran en otros tipos de explicaciones de las causas de la violencia para narrar sus historias. Nos referimos a la novela clásica de Crimen y Castigo de Dostoievski (1866).

Para leer más sobre este tema consultar el trabajo Hernández Mendo, A. y María Isabel Molina Macías (2010). Un análisis cualitativo de la violencia en el deporte. Lecturas: EF y Deportes. Revista Digital,15(143), abril. http://www.efdeportes.com/efd143/un-analisis-cualitativo-de-la-violencia-en-el-deporte.htm [Consulta: 1 de mayo de 2010].

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